César Hildebrandt: Carta abierta a Pedro Castillo

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N.R. Por ser uno de los periodistas de gran trayectoria e influyentes del país, publicamos su carta abierta al presidente de la República, Pedro Castillo Terrones, insertado en la revista Hildebrandt en sus Trece.

Lima, 26 de agosto de 2021

Sr. Pedro Castillo Terrones

Presidente Constitucional de la República:

Como usted sabe, su candidatura nunca me atrajo. Dos días antes de las elecciones de abril, advertí a los lectores de este semanario que, fatalmente, Keiko Fujimori y usted serían las opciones a escoger en segunda vuelta. De la señora Fujimori dije lo que siempre he dicho: que encabeza una banda de forajidos que finge ser un partido político. Y sobre usted sostuve que pertenecía a una izquierda allegada al MOVADEF a través del CONARE. La predicción se cumplió: usted y la señora que confedera las excretas del régimen que nos envileció como nación pasaron a la segunda vuelta.

En sucesivas columnas señalé que, para evitar que la mafia fujimorista regresara al mando del país, nadie estaba obligado a votar por un improvisado como usted. Y añadí que la abstención, el voto en blanco, la boleta nula, la huida escénica eran también salidas al espantoso dilema que se nos había impuesto. En el fondo, señor presidente, estaba convencido de que la aplastante maquinaria de la derecha convertiría a la señora Fujimori, para vergüenza del feminismo, en la primera presidenta del Perú. Es más, así se lo dije a Josefina Townsend y a Renato Cisneros en una entrevista que tuvieron a bien hacerme.

Esa dolida certeza se acrecentó cuando escuché a su equipo discutir con los sicarios argumentales del fujimorismo en aquel famoso y triste “debate técnico”. ¿Pari iba a ser su ministro de Economía? ¿Esa señora llamada Celeste, salida de un sueño de ayahuasca, iba a ser alguien en su gabinete? ¿Aquel otro chiflado tendría alguna influencia en su gobierno? ¿Esa indigencia de ideas y propuestas era el menú que tendríamos que tragarnos para no aceptar la paila canera del fujimorismo? Mi respuesta fue que, en ese caso, optaría por el fakirismo, la huelga de hambre del IRA, la muerte por desnutrición.

Pero los días pasaban y, sin embargo, las encuestas no pintaban bien para quien Montesinos había empezado a llamar “La Chica”. ¿Qué estaba pasando? Los encuestólogos trataban de explicarlo en privado, con la boca escorada: el antifujimorismo ya era un poder del estado, una ola gigante y antibiótica. Y, además, la señora no gustaba, no derramaba lisura sino mendacidad, no planteaba un programa de gobierno sino un festival de táperes, bonos, sobres con cash, alivios ad hoc según el público al que se dirigía. La señora vendía humo y carecía de fuego. Sólo la rabia se le asomaba de vez en cuando y cuando esa mueca la desfiguraba todos sabían que, en ese momento, sí que se había sincerado.

Usted, señor presidente, por su parte, seguía haciendo lo suyo, que era muy poco. Prometía un país para todos, una economía para que los pobres dejaran de serlo, un futuro inclusivo. Era usted el campesino que reivindicaba la agricultura pequeña y familiar y era también el profesor rural que planteaba la igualdad. Yo, en cambio, no podía dejar de recordarlo como furioso dirigente del CONARE, uno de los seudónimos del MOVADEF.

Pero mucho más importante que las campañas de los candidatos fue la guerra desatada contra usted por la gran prensa y la televisión al servicio de las supuestas élites. Pocas veces la desvergüenza se ha acostado tantas veces con el descaro. Pocas veces la construcción del miedo ha requerido tantos bustos parlantes, tantas vocecitas, tantos editoriales solemnes, tantas unidades de investigación al servicio de un asesinato moral. Lo que esa prensa reputada no sabe es que ella creó el clima que demandó a muchos ir a votar por usted, señor Castillo. Las unanimidades suelen producir asco.

De modo que usted, señor Castillo, fue elegido. Y a estas alturas no importa recordar lo que hizo de inmediato la derecha para ensuciar el proceso y abortar su proclamación. El verdadero rostro de las élites truchas se vio en esas circunstancias: abogados carísimos llenando de otrosíes apelaciones, demandas, desesperos. Los restos del Apra deambulando en televisión y hablando de buenos hábitos. Lourdes Flores como la tinterilla ávida que siempre fue. Los escombros de la partidocracia haciéndose pasar por monumento surrealista a la decencia. La derecha volvía a ser la misma de siempre: un bufete plagado de pendejos. Y quien sacó la cara por el país fue el Jurado Nacional de Elecciones, con quien yo mismo tuve frases de impaciencia e incomprensión. Fue el JNE el que demostró que entre nosotros aún latía un Perú institucional que debía prevalecer. Fue así como usted llegó a la presidencia de la república, señor Castillo. El problema, señor presidente, es que pronto dio usted señales de no entender cuál era su mandato, la naturaleza del encargo histórico que se le había dado el preciso año del bicentenario.

Porque el Perú, al despreciar a la prensa unida alrededor de la derecha y al no darle la presidencia a la heredera de la mafia, eligió la opción de un cambio, es cierto, pero no apostó por la revolución leninista que un mesías teatral como Vladimir Cerrón auspicia como “única meta”. Ha pasado un mes desde que usted asumió el cargo de presidente de la república, señor Castillo. Y en estas cuatro semanas ha tenido varias oportunidades de demostrarnos que es usted el presidente y que está al mando. Todas las ha desperdiciado. En todos estos episodios ha sido el señor Cerrón el que ha salido triunfante, exitoso y exultante.

El fin de semana pasado estaba usted convencido de que Guido Bellido era una incomodidad y que debía abandonar la escena. Y con él, algunos ministros cuestionados con razón. El señor Cerrón tuvo la desfachatez de amenazarlo en público, de anunciar que las masas harían justicia callejera si “la traición” se consumaba. Y usted ha vuelto a ceder.

Ya no me cabe duda, señor presidente, de que usted no ejerce plenamente sus funciones. Tengo como certidumbre que el chantaje permanente de Cerrón funciona como un mecanismo de relojería. No es usted cabalmente el presidente de la república, señor Castillo. Ha tolerado y tolera usted que Vladimir Cerrón, el secretario general del partido que hoy funciona como jaula y lastre definitivo, sea una especie de mandatario paralelo, de presidente en la sombra, de mandón sin títulos ni legitimidad ni actas escrutadas.

En política, señor presidente, no sólo se requiere buena fe. Se necesita carácter para afrontar lo difícil, coraje para vencer las dificultades, instinto de posteridad para advertir dónde está lo adjetivo y qué puede ser lo decisivo.

Lo que es penoso ver es a un presidente legítimo que tolera la usurpación y calla ante la intromisión en el seno mismo del poder de un socio que no sabe de límites y que aspira a gobernar desde las sombras. O usted toma la decisión de gobernar, señor presidente, o el lápiz del símbolo servirá para escribir su epitafio político.

Escribo estas líneas sin saber si el Congreso de la señora Alva le va a dar o no la confianza al gabinete del señor Bellido. Aquí el problema no es su relación con el Congreso hostil, señor presidente. El gran asunto es saber si usted tendrá la dignidad de hacerse respetar. Si el coraje no le alcanza para aclarar las cosas, tiene usted la siempre vigente opción de la renuncia.

Muy atentamente,

César Hildebrandt