CÉSAR HILDEBRANDT: Barco al Garete

154

Escribe: César Hildebrandt (MATICES, 21-SET-2021)

NR: Por ser de intereses nacional publicamos el comentario del prestigioso periodista César Hildebrandt sobre el análisis del gobierno de Pedro Castillo.

El señor ministro de relaciones exteriores discrepa con el señor primer ministro.

El señor primer ministro discrepa con el señor ministro de relaciones exteriores y no sólo lo rectifica en público sino que le dice que, si quiere, puede irse.

El señor presidente de la república se reúne secretamente con Nicolás Maduro, el foraja venezolano que exporta mendigos y desesperados a toda América. Dicen que hablaron por el regreso a Venezuela de 42 000 migrantes asentados en Lima.

EL señor primer ministro sale a decir que el vicecanciller contradijo al presidente Castillo cuando sostuvo que el Perú no reconoce ni a Maduro ni a Guaidó como jefes de estado. Eso no es cierto. El señor Castillo no se pronunció al respecto, aunque, de facto, al reunirse con Maduro, le reconoció alguna representación (por lo menos policiaca o migratoria).

El señor ministro de trabajo sigue en el gabinete y el sapo que se tragó el señor Bellido cuando aceptó esa permanencia, impuesta por Castillo y los maestros del Fenafe que le susurran fuego, se ha convertido en dragón. El señor Bellido tiene una guerra civil en las tripas.

Mientras tanto, se descubren y se revelan nuevos robos del señor Vladimir Cerrón y su pandilla. Las acusaciones han ascendido a lavado de dinero masivo y las sumas están en la cima de un cerrón excrementicio. El señor Castillo tampoco se pronuncia al respecto.

El señor Castillo cree que fue elegido presidente para callar. Está convencido que la presidencia de la república lo blinda y lo exime de pronunciarse. Supone, monárquicamente, incásicamente, athualpinamente, que su corona lo libra de juicios terrenales. Que puede hacer de mimo en la tragicomedia que ha montado.

Y por eso se afantasma en los consejos de ministros y desaparece ante cualquier posible pregunta. Es el fugitivo de sí mismo. Y allí está, inocente hasta la inimputabilidad paseando su sombrero adosado por donde quiera uno imaginar. Nombró a Felipillo en su discurso de investidura y debería recordar que traiciona también quien no cumple con sus deberes.

El señor Castillo necesita estar en el extranjero para decir que no va a expropiar arbitrariamente nada, que está de acuerdo con la inversión extranjera, que condena “todo tipo” de terrorismo.

Pero mientras dice eso afuerinamente, aquí sus ministros discuten, como Carita y Tirifilo, el norte de la política exterior del Perú.

Pero resulta que la política exterior es materia estrictamente jurisdiccional de la presidencia de la república.

Y, sin embargo, cuando el tema Venezuela es lo que está en juego, el señor Castillo regresa de su viaje y no pone en su sitio al zamarro que llamó como primer ministro por pedido de Cerrón y deja que el clima de anarquía se propague.

La sensación general es que no hay gobierno. Y no hay gobierno porque no hay presidente. Y no hay presidente porque el señor Castillo no asume hasta ahora su rol de líder, de guía, de primer mandatario. Ni siquiera es árbitro.

¿El señor Castillo está abrumado por algún complejo de inferioridad? ¿El señor Castillo debe tanto al señor Cerrón que debe tolerar que Bellido le enmiende la plana a su ministro de asuntos exteriores, que es su natural portavoz? ¿Qué chantaje pesa sobre el señor Castillo para que lo admita, callada la boca, que la bancada del Perú Libre obedezca exclusivamente al señor Cerrón y siga una política, en materia de proyectos y declaraciones, opuesta a la del Ejecutivo, al que debería acompañar? ¿Es este un golpe de estado que no queremos reconocer pero que se ha ejecutado a espaldas del país?¿Cómo entender que el señor Castillo prefiera el desorden con tal de no ofender al señor Cerrón, que está a unos pasos de la cárcel?

Son preguntas que el señor Castillo, si existiera, podría contestar de un sopapo. Pero no lo hace. No quiere hacerlo. No puede hacerlo. Está incapacitado para liderar. Se sentía a gusto dinamitando al Sutep en una huelga que le había armado el Movadef. Se siente a disgusto gobernando un país cuya complejidad ni siquiera intuye.

Ser un líder verdadero supone una vocación por la posteridad, por los juicios del futuro. Requiere también el temple de los que arriesgan porque están convencidos de sus ideas El señor Castillo tiene el horizonte de las próximas 24 horas, el cronómetro de un huelguista, el calendario de un caballito del diablo: sus partes de batalla describen los jadeos de hoy, la agenda de mañana, el viaje del mediodía. Los sueños del señor Castillo terminan en una siesta de menestras.

El señor Catillo carece de ideas. Fue toledista y aspirante a estar en esas filas y después fue útil para el Movadef, primero, y para Perú Libre, después. Sus ideas propias no son tales: son corazonadas vagamente bien intencionadas, paporretas binarias y eslóganes vintage. Y cree que vestirse como rondero de domingo en el balcón de la enamorada lo impregna de bucolismo. Como si Clorinda Matto de Turner, a quien no ha leído, fuera su madrina de primera comunión.

No hay gobierno. El régimen que fue elegido limpiamente para librarnos de la basura fujimorista está por ahora acéfalo. Es el peor dolor de cabeza (imaginario) que podíamos esperar.

Un colega me llama al cierre de estas líneas y me dice que preparan cambios en el gabinete. El problema no es qué señora García Naranjo o qué el señor Etcétera vengan por los Bellido de este panal enconado. El problema es el señor Castillo. El problema es el hombre que fue elegido capitán del barco y permite que sean las mareas, el viento, los fontaneros y el segundo del maese quienes deciden el destino del viaje. Esta es la figura: un barco sometido al azar mientras el capitán Castillo, encerrado en su camarote, intenta encender una pipa que jamás prenderá.