El País Vasco, Patria en San Sebastián

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Por: Domingo Varas Loli (Desde Madrid-España)

Desde los suburbios de San Sebastián, en el País Vasco, se puede advertir a simple vista que estamos en una región con una fisonomía distinta al resto de España. Fábricas relucientes y amplios locales que llevan nombres de marcas comerciales se suceden en hilera interminable mientras el tren avanza al centro de la urbe. Saliendo de la estación, en el puente María Cristina, se divisa el río Urumea que discurre arrastrando en su corriente un barco repleto de turistas.

San Sebastián cautiva a primera vista. Sus calles llenas de escaparates iluminados todo el día, sus edificios simétricos de imponente arquitectura, sus plazas con árboles pletóricos atraen de tal manera que tras dejar los bártulos en el hotel me dispuse a recorrer sus entrañas. Dos edificios en el casco viejo llamaron de inmediato nuestra atención: la catedral del Buen Pastor y la biblioteca de la ciudad. Esta última me hizo titubear sobre si seguir el itinerario hasta Bilbao o quedarme en San Sebastián, rendido entre los primores de la ciudad conocida como la “pequeña París” y los libros que siempre ejercen en mí un extraño sortilegio.

El cercano olor del mar atrajo mi curiosidad. Recordé que unas cuadras más allá se encontraban el malecón y la playa La Concha. La Concha, denominada así por la forma de la bahía en la que el mar penetra y se convierte en un remanso de aguas verde turquesa, y su malecón son los lugares más concurridos por los turistas y los lugareños. El contraste entre una bahía rodeada de tupida vegetación, las impecables y lujosas viviendas encaramadas en las estribaciones de unas montañas y ese mar dócil que baña sus orillas componen una postal difícil de olvidar.

Pero el motivo principal de mi viaje a San Sebastián era conocer en persona el escenario donde transcurría la acción de la novela Patria (Tusquets Editores, 2016) de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) que reconstruye los aciagos años del terrorismo separatista de ETA. Desde que la leí esta obra, de 646 páginas distribuidas en 125 capítulos, me conmovió por su punto de vista original. Contaba la historia de la violencia que azotó el País Vasco y España desde la perspectiva del ciudadano común, cómo la violencia terrorista se reproducía como una metástasis al interior de las vidas familiares y personales y destruía el tejido social.

Por haber tocado las fibras sensibles de la sociedad española y la del País Vasco, Patria se ha convertido en un best seller, anda por las 32 ediciones, ha vendido más de un millón de ejemplares en España, ha sido traducida a varios idiomas y en los próximos meses volverá a la escena pública porque HBO lanzará una serie de ocho capítulos basada en esta novela. La producción cinematográfica volverá a plantear el debate sobre la memoria histórica y la necesidad de zanjar definitivamente con cualquier aventura subversiva.

Paseando por las calles de San Sebastián cuesta trabajo entender cómo el terrorismo de ETA logró envenenar el clima de esta hermosa urbe entre los años 1997 al 2011 hasta el punto que Aramburu decidió marchar al exilio voluntario, pues desde hace más de treinta años vive en Hannover, Alemania. El 2011 ETA anunció que abandonaba las armas. Cinco años después, sin embargo, haciendo uso de un eufemismo declaró que no se trataba del fin de la lucha violenta sino de un desarme unilateral. Por ello la cuestión vasca está latente, es una amenaza que no ha sido conjurada total e irreversiblemente.

No podía marcharme de San Sebastián sin visitar Hernani, el lugar que habría servido de modelo para el escenario de la ficción. En realidad, cualquier pueblo del País Vasco pudo haber inspirado a Aramburu, en todos ellos se vivió bajo un clima ominoso en el que las miradas mataban. A quince minutos en bus desde el centro Hernani parecía ser un lugar paradisiaco, ni la más remota señal de que pocos años atrás había sido cuartel del terrorismo etarra.

Calles limpias, supermercados, oficinas. Todo funcionaba sincrónicamente. Era día lunes. Recorrí el trayecto del autobús hasta el paradero final, el centro de Hernani. Bajé y en la esquina compré un ejemplar del diario El país. El vendedor me obsequió una hoja de noticias escritas en euskera. Este volante informativo se me ocurrió que era una señal del poderoso sentimiento identitario que mantienen los vascos.

Nada hacía entrever alguna señal que delatara las cicatrices dejadas por el terrorismo o si defendían con la misma intransigencia el dogma del nacionalismo. Por más intentos que hacía solo descubría sus reticencias a hablar sobre el separatismo. Entré en un bar donde algunos parroquianos tomaban su caña y conversaban susurrando. Cuando le pregunté a un vecino que mostraba un talante jovial por las pintas murales, el grafiti político, las imágenes de etarras que se erigían en algunos muros de Hernani me miró con fingida extrañeza, hizo un mohín y apuró el paso. Comprendí, entonces, que los habitantes de Hernani se han autoimpuesto la cura del silencio y que no se podría saber a ciencia cierta si los vascuences de ahora defienden la violencia armada como vía para obtener su independencia de España.

Reflexionando sobre este férreo mutismo abordé el bus de regreso, convencido de que la línea entre la civilización y la barbarie es fantasmagórica. “El país de los callados”, definió al País Vasco Mario Vargas Llosa en una reseña de Patria, publicada en su columna Piedra de Toque en la que se deshizo en elogios con la novela de Aramburu.

Nunca se puede saber si el ser humano ha terminado de expiar sus demonios y emprendido el camino de la pazñ sin retorno. Fui al hotel “Término” donde me había alojado dos días, saludé a la amable conserje, retiré mi equipaje, me dirigí a la estación y subí al tren rumbo a Bilbao. En el viaje resonaron en mi mente las palabras de Fernando Savater, quien tras recomendar Patria sostiene que “la violencia ha sido derrotada, felizmente, pero la pócima de la que nació sigue burbujeando en el caldero”.